jueves, 7 de febrero de 2013

Credo Capitalista.

Creo en el Capital que gobierna la materia y el espíritu.

Creo en el Beneficio, su legítimo Hijo, y en el Crédito, el Espíritu Santo que procede de Él y que es adorado conjuntamente con Él.

Creo en el Oro y en la Plata, los cuales torturados en la Casa de la Moneda, fundidos en el Crisol y debidamente acuñados reaparecen en el mundo como Moneda Legal; mas por ser demasiado pesados, después de haber circulado por toda la Tierra descienden a los Sótanos del Banco de España para resucitar en forma de Papel Moneda.

Creo en la Renta al 5% y también al 4% y al 3% y en la cotización de los valores.

Creo en el Gran Libro de la Deuda Pública que pone al capital a cubierto de los riesgos del Comercio, de la Industria y de la Usura.

Creo en la Propiedad Privada, fruto del trabajo de los otros, y en su duración hasta el fin de los siglos. Amén.

Creo en la necesidad de la miseria, proveedora de los asalariados y madre del exceso de trabajo.

Creo en la eternidad del salario, que libra al trabajador de las inquietudes de la propiedad.

Creo en la prolongación de la jornada de trabajo y en la reducción de los salarios, y en la falsificación de los productos.

Creo en el dogma sagrado: “comprar barato y vender caro” y también creo en los principios eternos de nuestra Santísima Iglesia, la Economía Política Oficial. Amén.




Paul Lafargue.

¿Disfrutas con tu trabajo?

Tú tienes facilidad para aprender, Siddharta, pues aprende también esto: el amor se puede suplicar, comprar, recibir como obsequio, encontrar en la calle, ¡pero no se puede robar! El camino que te has imaginado es erróneo. Sería una lástima que un joven tan agraciado como tú, empezara tan mal.
Debes hacer lo que has aprendido, y exigir por elIo dinero, vestidos y zapatos. De otra forma, un pobre no logra tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar. ¿Nada más?
-Nada más... Pues sí, también sé hacer poesías. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
-Si me gusta la poesía, sí.
-Tus versos son muy bellos -exclamó Kamala-; si yo fuera rica te los pagaría a precio de oro. Pero te será difícil ganar con versos tanto dinero como el que tú necesitas. Pues necesitarás mucho, si quieres ser amigo de Kamala.
-¡Cómo sabes besar, Kamala! -balbució Siddharta.
-Sí, eso lo sé hacer; por ello tampoco no me faltan vestidos, ni zapatos ni pulseras, ni otras cosas bonitas. ¿Pero qué será de ti? ¿No sabes otra cosa que pensar, ayunar y hacer poesías?
Siddharta replicó:
-Ayer te conté que sé pensar, esperar y ayunar, y tú encontraste que todo ello no servía para nada. Sin embargo, sirve para mucho.




Hermann Hesse
Siddharta

¿Quieres vivir así?

—¡Buenos días! —le dijo éste—. Su cigarro se ha apagado.
—Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos días! Quince y siete 
veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! 
Esto suma quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
—¿Quinientos millones de qué?
—¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un 
hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...
—¿Quinientos millones de qué?  —volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había 
renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza: 
—Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres 
veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. 
Hacía un ruido insoportable y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una 
crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. 
Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...
—¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
—Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
—¿Moscas?
—¡No, cositas que brillan!
—¿Abejas?
—No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no 
tengo tiempo de desvariar!
—¡Ah! ¿Estrellas?
—Eso es. Estrellas.
—¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
—Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre 
serio y exacto.
—¿Y qué haces con esas estrellas? —¿Que qué hago con ellas? 
—Sí.
—Nada. Las poseo.



ANTOINE DE SAINT - EXUPÉRY
EL PRINCIPITO




¿Todo lo que tiene valor se puede vender?


Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!" De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores. Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir: "Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.




ANTOINE  DE SAINT - EXUPÉRY
EL PRINCIPITO.


miércoles, 6 de febrero de 2013

La Revolución.

Esclavo, ¿quién te liberará?
Los que están en la sima más honda
te verán, compañero,
tus gritos oirán.
Los esclavos te liberarán.
    O todos o ninguno. O todo o nada.
    Uno solo no puede salvarse.
    O los fusiles o las cadenas.
    O todos o ninguno. O todo o nada.
Hambriento, ¿quién te alimentará?
Si tú quieres pan, ven con nosotros,
los que no tenemos.
Déjanos enseñarte el camino.
Los hambrientos te alimentarán.


B. Brecht: Poemas y canciones, Alianza.


lunes, 4 de febrero de 2013

Canción del Comerciante (fragmento).

¡Yo qué sé lo que es el arroz!
¡Yo qué sé quién lo sabrá!
Yo no sé lo que es el arroz.
No sé más que su precio.

¡Yo qué sé lo que es un hombre!
¡Yo qué sé quién lo sabrá!
Yo no sé lo que es un hombre.
¡No sé más que su precio!


Bertolt Brecht: Poemas y canciones, Alianza Editorial, 1972.



viernes, 25 de enero de 2013

Hadot, 89-100.



Los textos filosóficos clásicos.


Lo que caracteriza la gran mayoría de los escritos filosóficos de la Antigüedad es que se corresponden con un juego de preguntas y de respuestas, porque la enseñanza de la filosofía se presentaba, casi siempre, según el esquema pregunta-respuesta. Se trataba siempre de responder, por parte del maestro, a una pregunta planteada por el discípulo o el interlocutor. De esta forma, la enseñanza se planteaba en gran parte en forma de diálogo. Esta cultura de la pregunta también siguió subsistiendo en la Edad Media.
Como los escritos filosóficos están siempre estrechamente ligados a la enseñanza, las preguntas y respuestas se dan en función de las necesidades de los interlocutores. El maestro que se expresa conoce a sus discípulos y lo que saben y no saben, su estado moral, los problemas que se les plantean. A veces, incluso, habla en función de cada situación particular. Estamos ante escritos en función de algo más o menos circunstancial y no ante una expresión de carácter absolutamente universal.
En la Antigüedad la filosofía es esencialmente diálogo, se trata de una relación viva entre personas.
Actualmente se ha perdido la concepción de la filosofía como forma de vida, como elección de vida y también como terapia. Se ha perdido el aspecto personal y comunitario de la filosofía. La filosofía se ha hundido cada vez más en un vía puramente formal, en la búsqueda a todo precio de la novedad en sí misma: se trata de ser lo más original posible, produciendo un discurso lo más complicado posible. La construcción más o menos hábil de un edificio conceptual se convertirá en un fin en sí mismo. De este modo, la filosofía se ha ido alejando cada vez más de la vida concreta de las personas. Este desvarío se debe, en parte, a la estrecha perspectiva de la mayoría de las actuales universidades que preparan alumnos en el estudio de un programa que les permita obtener un título de funcionario de la enseñanza. La relación personal y comunitaria desaparece para dar lugar a una enseñanza que se dirige a todos, es decir, a nadie. Habría que volver al carácter dialógico de la filosofía y por ende a la forma dialógica de la enseñanza: al estilo de las escuelas antiguas, organizadas para vivir la filosofía en común.
Las obras filosóficas de la Antigüedad no se escribieron para exponer un sistema sino para producir un efecto de formación: el filósofo quería hacer trabajar los espíritus de sus interlocutores para ponerlos en una disposición determinada. (Hadot, 89-100)